Sed de sangre


El pasado viernes salió a la luz la finalización del juicio del atentado de la Maratón de Boston del año 2013, cuya resolución fue clara y manifiesta: culpable.

Según esa resolución, el jurado federal compuesto por siete mujeres y cinco hombres ha condenado a muerte a Dzhokhar Tsarnaev, cuestión altamente curiosa cuando el Estado de Massachusetts es uno de los que tiene abolida la pena de muerte.

Pero ello no ha sido suficiente para que fuera juzgado por un jurado federal, dada la trascendencia del asunto y ahora se busca estado para que pueda ejecutar la sentencia.

Muchos somos los que vemos los revuelos que ocasionan estos juicios en el país norteamericano y somos testigos de muchas resoluciones que bien pueden resultar algo injustas. ¿Puede haber injusticia en este asunto?

Ya desde un inicio se solicitaba la pena de muerte con independencia de los argumentos que pudiera esgrimir la defensa del reo. Ya lo argumentaba William Weinreb, el fiscal del caso, al decir

The callousness and indifference that allows you to destroy people’s lives, to ignore their pain, to shrug of their heartbreak – that doesn’t go away just because you’re locked up in a prison cell.

Por eso consideraba directamente que la pena mínima debería ser la pena de muerte y no la estancia en una prisión.

Esta forma de ejecutar una resolución, ¿realmente se consigue esa “paz” interior para suplir el dolor castigando a otra persona privándole del bien más preciado como es la vida? Quienes estuvieren a favor de la pena de muerte dirán que sí, incluso aquellos que no creyeren ni en la función resocializadora de las penas; otros lamentablemente no podremos estar de acuerdo con ese castigo, puesto que por mucho que castiguemos a esa persona acabando con su vida, ¿qué conseguimos si no ponernos a su determinado nivel, porque qué puede autorizarnos a nosotros a dar por terminada la vida de otra persona?

La Ley, dirán los defensores de la pena de muerte, ley creada por los seres humanos para regir las relaciones humanas y que puedan vivir en sociedad. Pero ¿qué sucede cuando tenemos a una persona condena a muerte, que es ejecutada y después resulta que es inocente? ¿Como podría compensarse a esa familia que ha visto privada de un ser querido que había sido condenado injustamente?

No puede, no existe, porque por mucho que lo pensemos no hay compensación económica suficiente que pueda sustituir la pérdida trágica de un familiar. En ese caso, ¿qué castigo podría afligirse a ese tipo de personas, que atentan contra las relaciones humanas intentando provocar miedo en la sociedad con la ruptura de una estabilidad y de la felicidad de unos entornos familiares que poco o nada tienen que ver con la finalidad que persigue esa persona que debe ser castigada?

Bajo mi punto de vista, no hay peor castigo que dotar de un determinado sufrimiento a esa persona y que peor castigo y sufrimiento puede suponer que la privación de otro derecho primordial que anhela una persona como el de la libertad?

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